El traje del superhéroe: Máscaras y alter egos

Armaduras, máscaras, capas, disfraces y ornamentos. Donde empieza el héroe termina el hombre y viceversa. Dos realidades enfrentadas de forma esquizofrénica. Dos mundos colapsando intentando coexistir. Dos caras de una misma moneda que intenta comprar justicia e intimidad, pero el precio es demasiado caro.

Si bien, en líneas generales, los superhéroes nacen ordinarios y se hacen extraordinarios a través de la casualidad, el destino y sus propias elecciones, y todos ellos se visten de carnaval. Bien sea debajo de una máscara o tras unas gafas sin graduación, todo héroe vive dos realidades enfrentadas: Las intrépidas y desafiantes aventuras que acarrean las responsabilidades de un gran poder y, por otro lado, las insípidas aunque autocomplacientes vivencias de normalidad, como el amor, la rutina y la sociabilidad entre aquellos tan distintos a nuestros protagonistas, tan anheladas como una bocanada de aire en un ahogado.

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Pero esas dos realidades, como decía antes, jamás pueden coexistir, y son mutuamente excluyentes. Como el día y la noche (metáfora que se emplea bastante, señalando la naturaleza nocturna de los superhéroes frente a la vida diurna del alter ego normalizado) no pueden vivir juntas, pero sí perseguirse la una a la otra, pues ambas no tendrían sentido sin su opuesto.

Por un lado, las trepidantes e infinitas aventuras que tiene un héroe, cargadas de acción, batallas sin descanso, pruebas de superación con un alto coste, anhelan la tranquilidad de un hogar, el poder recogerse bajo el brazo cálido y la seguridad emocional de un hogar que ansían pero que siempre se les escapa de las manos.

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Por otro lado, la desesperante rutina y el tedio que sufre una persona normal, con sus horarios de trabajo y sueldos fijos, anhelan la súbita aparición de la emoción trepidante que debe sentir el producir adrenalina que bombee por tu cuerpo como un chute vigorizante para enfrentarse a los mayores desafíos que sólo una mente soñadora podría jamás imaginar.

Dos caras, una misma moneda. En muchas ocasiones, el desafío del héroe reside en saber cuándo debe llevar el traje y cuando dejarlo colgado. Siempre hay un equilibrio que se contrabalancea constantemente: Cuando el deber moral implica sacrificios personales hasta límites insospechados, cuando la necesidad de rendición supera con creces los límites psicológicos del héroe vapuleado, cuando el peligro amenaza de nuevo a aquellos que construyen la normalidad, cuando la máscara no hace falta tras la derrota del enemigo… Siempre hay elementos contrabalanceantes.

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Así mismo, la máscara no sólo representa esa dualidad de roles, sino también representa una dualidad personal mucho más profunda. En sí misma, la dualidad de la máscara representa una lucha entre lo que uno desea ser pero no puede serlo si no lleva el disfraz. El acaudalado y playboy Bruce Wayne que no puede pasar desapercibido frente a su antítesis oscura y sociópata disfrazada de murciélago, la relación stevensoniana existente entre el genio Bruce Banner y su opuesto animal The Hulk, el tímido empollón de la clase de ciencias que es Peter Parker frente a la carismática bocaza del hombre araña, el carismático y espectacular talento de Tony Stark frente al frío e impávido rostro de su armadura Ironman, el resplandor y admiración despertado por el invencible Superman frente a la desapercepción del ninguneado periodista Clark Kent.

¿Pero qué es lo que consigue delimitar cuál de los roles define la personalidad de los salvadores? Si bien Ironman no podría surgir de no ser por el genio autodestructivo de Anthony Stark buscando una manera de sobrevivir a sus debilidades, ni el increíble Spiderman sería quién es de no ser por el sentimiento de culpa anclado a la psique del pobre Peter Parker, ni somos capaces de imaginar a un Superman sin sus gafas y su cámara de fotos escabulléndose de las situaciones más peligrosas para poder dejar paso a su alter ego. Es imposible intentar comprender a la moneda si no observamos a ambas caras, por tanto, es absurdo intentar ver la realidad de un héroe si no observamos su mediocridad.

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Al igual que nosotros tenemos nuestros dos lados de una misma moneda. Y ambos lados ansían algo del otro. Toda oscuridad quiere ser bañada por la luz y toda luminosidad quiere ser tintada levemente de negro. Nuestra dualidad siempre reside en quiénes fuimos y quiénes queremos ser, qué es lo que queremos conseguir y qué es lo que añoramos de nuestro pasado. Y como nos muestran los dioses de nuestra infancia, añoramos la inocencia deseando la experiencia, nos bañamos en luz echando de menos la oscuridad, compaginamos nuestra mediocridad con la consecución de nuestros sueños sacrificando siempre parte de alguno para compensar la descompensación del otro. El mérito no es llegar a un equilibrio perfecto que, como nos muestran nuestros ídolos, es imposible. Lo importante es seguir equilibrando hasta el final del camino.

Imágenes extraídas de http://artofdanny.com/

El Caballero Oscuro contra el Hombre de Acero.

Vengadores con máscara o héroes con capa

Esta entrada de blog, en cierta manera, me la ha inspirado una canción llamada “No one likes Superman anymore” del grupo I Fight Dragons. En ella, se nos habla de lo pasado de moda que está Superman, en comparación con su personaje opuesto, Batman. Aunque personalmente el universo de DC cómics, y en concreto estos dos personajes, para mí representan el culmen de lo que voy a hablar en esta entrada, también han sido los dos iconos que más he seguido en el mundo del cómic.

Estos dos tipos de superhéroes, los vengadores o los héroes, desde mi punto de vista, son perfectamente representados por el contraste existente entre el hombre murciélago y el legado de Nietzche, respectivamente.

Batman: Silencio

Uno entiende por vengador a aquella figura que busca la realización de un bien mayor a través de la más absoluta de las venganzas. En esencia, y cogiendo como referente al caballero oscuro (aunque bien podríamos coger a muchos otros como Punisher de Marvel, Roscharch en Watchmen de la misma DC, Marv en Sin City, me atrevería incluso con el mismísimo Harry Potter) este tipo de personajes de cómic carecen de una motivación altruista en sí misma. Su principal motor es la venganza, y acontece que disponen de los recursos necesarios para poder llevarla a cabo. Realmente, el hecho de realizar el bien es una consecuencia de que su venganza se extrapola a todo tipo de criminales. Y, en muchas ocasiones, los límites hasta los que están dispuestos a llegar rozan la tortura e incluso la muerte (Aquí levanto una lanza a favor a Batman, ya que el matar es la línea que él traza para diferenciarse de sus archienemigos y que absolutamente nunca está dispuesto a cruzar).

También es cierto que el contexto en el que se mueve este tipo de personajes de ficción suelen ser ambientes decadentes. Cogiendo a Gotham City como principal ejemplo, se trata de una ciudad sumergida en el absoluto caos y oscura corrupción, donde, desde el callejón más oscuro hasta las más altas cámaras del senado apestan a podredumbre desde sus raíces. Un caldo de cultivo donde un hombre o una mujer normal se ven obligados a recurrir a estrategias que semejantes niveles de maldad puedan comprender. Son personajes oscuros movidos en un mundo oscuro.

Por otro lado, tenemos a la figura del héroe. Esta figura corresponde más al modelo de ética Kantiana, donde la responsabilidad de hacer el bien radica en la posibilidad que tiene uno de hacerlo. Es el deber por el deber. Sin recompensa más allá de haber hecho lo que uno tiene que hacer. El modelo más claro que encontramos aquí es a Superman. Se trata de un personaje humilde donde los haya. Un periodista metropolitano con un sueldo completamente normal, sin ambiciones materiales, educado en un pequeño pueblo de Texas, adoptado por dos granjeros que le enseñan las virtudes del bien y la responsabilidad que sus grandes poderes conllevan. Una figura que irradia confianza con un rostro de Boy Scout. No conoce maldad alguna y se limita a hacer lo correcto porque, sencillamente tiene el poder para hacerlo. Otros muchos siguen su ejemplo, como puede ser el profesor Charles Xavier en los X-Men o el Capitán América, incluso Leonardo de las TMNT.

Su mundo siempre se suele representar como un constante amanecer, en contraposición al caso de la figura del vengador. El ejemplo más claro que se me puede ocurrir es la brillante Metropolis. Altos edificios bañados por la luz del sol y bajo la protección predilecta de un hombre prácticamente invencible. Si bien es cierto que siempre hay alguna manzana podrida en el cesto, en líneas generales, no es comparable el nivel de maldad, ni muchísimo menos. Son estandartes del bien en el amanecer de un mañana mejor.

Como podemos ver, el contraste es muy marcado entre ambas figuras y sus respectivos universos. Moldeados por corrientes distintas, las formas resultantes son diferentes aunque el resultado final sea el mismo: la lucha contra el mal. Pero la pregunta que no dejo de hacerme es si realmente los medios no importan para llegar al fin.

Es cierto que no podemos realizar una comparación justa entre las figuras del Hombre de Acero y el Caballero Oscuro, ya que no disponen de las mismas ventajas competitivas a la hora de luchar contra el crimen. Mientras uno dispone del poder y la invulnerabilidad que le proporcionan las estrellas literalmente, el otro dispone de infinidad de recursos para afrontar el crimen protegiendo su propia mortalidad. Pero también habría que preguntarse si cada uno hubiese sido criado en el universo del otro, cuáles serían los superhéroes (o supervillanos) resultantes. Quizá el playboy Bruce Wayne no pasaría de ser un filántropo, mientras que Clark Kent podría ser una auténtica abominación amoral e imparable fuerza de destrucción.

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Pero más allá de eso, lo importante es ver dónde nos identificamos más. Como dice la canción mencionada anteriormente, Superman está pasado de moda. Ya no creemos en la moralidad invencible, ejemplo y seguridad del mundo. Ahora nos gusta más Batman. Nos gusta el personaje oscuro, forjado bajo las aguas de la corrupción y el crimen. Un personaje duro pese a su flaqueza humana perfectamente destructible. Pero ¿por qué nos gusta tanto? ¿Realmente percibimos nuestro contexto social y político tan amenazador que creemos que nos hace más falta el ejemplo de una persona motivada por la venganza contra un mundo injusto más que la figura de moralidad perenne carente de justificación alguna?

Y yendo un poco más allá. ¿A dónde conduce el camino de la venganza o el de la sempiterna moralidad? ¿Persiste más una buena acción por cualquier medio bajo la efímera promesa de una recompensa que tal vez algún día se cumpla? ¿Y cuando la sed de venganza esté satisfecha qué ocurrirá? ¿Se llega a satisfacer realmente esa sed de venganza? ¿Se agota la buena conducta de lucha constante contra un mal que no desaparece nunca cuyo único premio es la breve satisfacción intrínseca antes de que vuelva a azotar el brazo infatigable de la maldad?

No obstante, para mí, la pregunta que me azota el cerebro sin descanso desde que he comenzado esta entrada es la siguiente: ¿Cuál es realmente el ejemplo que queremos y cuál es el modelo de superhéroe realmente viable? Para mí, la respuesta está muy clara. A diferencia de los I Fight Dragons, para mí Superman no está pasado de moda.

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Academia de héroes de Stan Lee.

De qué está hecho un superhéroe. Esa es la pregunta que muchas veces nos hacemos, pero que, en gran medida, carece de respuesta. Qué convierte a una persona cotidiana en una leyenda sobre los mortales. Pero esa misma pregunta la podemos hacer respecto a los grandes villanos de nuestras historias. Qué convierte a una persona cotidiana en un azote de la sociedad. No son sus poderes los que definen a superhéroes y supervillanos por igual. Son las decisiones.

Es la toma de conciencia de uno mismo y sus posibilidades, y la consecuente elección sobre qué hacer, lo que delimita cuál es el lugar que corresponde a cada uno de nosotros, tanto dentro como fuera de las páginas, y, como consecuencia, nos define como héroes de leyenda o villanos de pesadilla. Es la decisión sobre el uso que queremos dar a nuestras habilidades, comunes o extraordinarias, las que moldean la categoría en la que definimos la grandeza, la moralidad y la fuerza de nuestras acciones. Mi reflexión en esta entrada no se limita sólo a aquello que acontece en la narrativa de las novelas gráficas, sino también a lo que ocurre en nuestra propia realidad.

Hace apenas unas semanas, tuve la suerte de toparme con el canal de Youtube del creador de gran parte de nuestras historias de la infancia, el genio, Stan Lee. Tengo que reconocer que, entre sus muchas virtudes, tiene un gran poder de inspiración y, en cierta manera, ha conseguido infundir en muchas personas el intentar que fuesen mejores cada día. Sus historias pueden exaltar valores tales como la amistad, la familia, el amor por la vida y la infatigable lucha por aquello que creemos justo. Todos sus personajes (incluso los que no son suyos, y aquí retomo el tema anterior) han cruzado la línea que les transforma desde la mediocridad hasta la excelencia: han tomado la decisión de ser héroes. Inspirador cuanto menos.

Pero la transcendencia de su obra va más allá sencillamente de lo puramente gráfico, sino en cómo esos valores toman raíces en las personas y, cómo el propio fundador de esas semillas difunde orgulloso el mensaje de aquellos que predican con su ejemplo. En el canal del artista podemos encontrar el apartado “Academy of Heroes” donde personas corrientes deciden ponerse las mallas para salir a echar una mano a aquellos que más lo necesitan. No se caracterizan por tener grandes poderes, sino por tomar la decisión más difícil de todas: hacer lo que se debe hacer.

Son personas reales como tú o como yo, que han decidido realmente convertirse en héroes. Esas personas existen, y su heroicidad merece el reconocimiento más amplio. No son personas que tengan algún poder derivado de exposición a algún tipo de radiación o que hayan venido de algún planeta lejano otrora extinto. Su auténtico poder es que han decidido ser héroes.  El trabajo de Stan se limita a dar reconocimiento y recursos a esas personas que han decidido seguir el ejemplo que él nos dio en su momento y convertirse en ese amistoso vecino tras una máscara.

Y son precisamente estas personas que me inspiran la siguiente reflexión: Un gran poder, realmente no conlleva una gran responsabilidad. Es la decisión que implica ese gran poder. Elegir el camino correcto y no desviarse del mismo a pesar de lo complicadas que se puedan poner las cosas es el auténtico reto del superhéroe. Esa es la quintaesencia del héroe en sí mismo: ser consecuente con las decisiones que son justas.

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Aquí os dejo el enlace del canal: https://www.youtube.com/playlist?list=PLp3Kk8tovQCqSmGQIAJYGbPmOAHBM5o-A

Por qué el mundo necesita superhéroes

Vivimos tiempos confusos. Tiempos difíciles. Tiempos donde la corrupción política e institucional es noticia todos los días. Donde la gente ya no tiene esperanza ni fe. A diferencia de hace unas décadas, donde el hombre soñaba con conquistar el espacio, ahora parece que nuestros sueños se estampan de frente con los datos de Wall Street y las noticias de corrupción política que asolan los telediarios de una forma constante.

Por otro lado, estos últimos años, las películas de superhéroes han revolucionado el panorama cinematográfico, tanto para bien como para mal. Desde nuestro simpático vecino hasta el, aún por estrenar, nuevo hombre de acero. Han vuelto. Más fuertes y más espectaculares que nunca. Tal es la cicatriz que dejan en nuestras almas, que su efecto no se queda en la pantalla de cine, y muchas veces, nos encontramos a nosotros mismos fantaseando con proezas inimaginables que podríamos realizar si tuviésemos ese don.

En EE. UU., concretamente en Denver, se desencadenó un hecho que me pareció bastante curioso a la par que trágico. Es harto conocido que, durante el estreno de la última película de Nolan sobre el caballero oscuro, un individuo disfrazado de Joker asesinó a varias personas e hirió a otras tantas. Pero el hecho en sí mismo, tengo que reconocer, que despertó bastante mi inquietud.

En una conversación con mi padre respecto al tema, una idea cruzó mi mente. Tengo que reconocer que, por un instante, hasta me pareció ridícula. Pero poco a poco, ese destello insignificante se convirtió en una luz cegadora. Había una persona que se acababa de erigir como archinémesis. Era esa misma figura que encontrábamos tantas veces repetida en las fórmulas del cómic, perfectamente plasmada en la realidad. Y durante el escalofrío que me produjo ese mismo pensamiento, una frase se escapó de mi boca: ¿Dónde están los superhéroes?

Como decía antes, vivimos tiempos confusos, tiempos difíciles. Tiempos de inseguridad. Tiempos en que, ante la abrumadora oscuridad, soñamos con ver la señal de algún caballero de incorruptible moral. Y es por eso por lo que, a diferencia de Lois Lane, yo empiezo a pensar que sí que necesitamos a Superman.

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Bienvenidos.